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miércoles, 13 de marzo de 2013

Siete


El siete. Para muchas personas, el siete es el número natural que sigue al seis y precede al ocho. Para otras personas, no sólo es el valor de un número representado en miles de gráficas matemáticas. También representa lo bueno para algunas religiones. Para los más religiosos, el siete representa el número de los siete pecados capitales. Para los más rutinarios, solo son los días de la semana. Y para los amantes de las leyendas y los dichos populares, el siete representa las vidas que tiene un gato. Siete notas musicales, siete mares, siete sabios griegos, siete maravillas del mundo, siete enanitos...tantos significados para este número...pero aunque a mi me suenan todos, me quedo con el más importante y no mencionado: siete...meses. 

Siete meses de historia con la persona más perfecta para mi y más maravillosa del mundo: Alejandro. Aún parece ayer cuando lo vi por primera vez por la web-cam. O la primera vez que escuché su dulce tono de voz por el teléfono aquella noche de otoño. Y es que son tantos recuerdos los que inundan mi mente ahora mismo, tantas experiencias vividas con él, y con su sonrisa, la cual me tiene hipnotizado desde la primera vez que abrió las comisuras de la boca para sonreír. Y poco a poco, asumido en un mundo diferente y placentero, el mundo de los sueños, me atreví a desafiar a todos y a todo y me enamoré perdidamente de la única persona que creía en mi. 

Y es que el amor es una cosa de dos, algo inexplicable que solo entienden los enamorados, y no los demás que, con miradas de recelo, intentan a espaldas de todos encontrar defectos y malas impresiones. Y no me arrepiento de nada de lo que hecho con él. Quizás me arrepienta de no haberle hecho sonreír lo suficiente, ya que se merece que a todas horas esté sonriendo. Y me encanta provocársela, lo admito. Él sabe que es mi debilidad, y que estoy cada día más orgulloso de tenerlo y de todo lo que hace para mejorar este mundo. Son personas como él las que quedan inmortalizadas en los recuerdos más bonitos. 

jueves, 14 de febrero de 2013

Catorce rosas blancas


A ti, querido lector:

¿Algunas veces has sentido que acumulas tanto amor por una persona y tanto orgullo por ella que sientes que vas a explotar de un momento a otro? Quizás me pase a mi eso. Estoy en un estado entre las nubes y la tierra. Me siento en el suelo, pero parece que todo el tiempo estoy volando. Obviamente, nadie me puede cortar las alas, porque el simple hecho de estar tan bien en ese estado, rompe todas las amenazas contra mi eterno vuelo. ¿Algunas vez has sentido que, estando a cientos de kilómetros, lo necesitas más cerca todavía a tu lado, que extrañas tanto sus abrazos y sus besos, su sonrisa al mirarte después de levantarte por la mañana, que sientes que vas a morir? Sí, yo lo he sentido. Extraño todo, sinceramente. Desde el más mínimo detalle al más grande que jamás pude observar. 

Echar de menos es normal, y más sabiendo que todavía faltan muchas semanas para volver a vernos. Pero el simple hecho de estar con esa persona en la realidad, sintiendo cada parte de su cuerpo y cada parte de su forma de ser, dándote cuenta de que lo puedes perder en cualquier momento, que cada día tienes que esforzarte más y más en hacerle feliz y hacerle sentir libre como aquellos pájaros que veremos algún día surcar el cielo de la playa al atardecer, ese simple hecho, te hace sentirte orgulloso de tener a alguien como él.

Y no te cansas de hacerle feliz, de provocarle esa sonrisa que luego te hace sonreír a ti. De inundar vuestras mentes de recuerdos y pasarse toda la noche recordando en aquello y en lo otro, en todas las cosas que se han inmortalizado para siempre. Y lo necesitas, lo necesitas como si te fuera la vida en ello, como si cada gota del oxígeno que respiraras dependiera de él. Como si el hecho de estar tú bien dependiera del hecho de estar bien él. 

Y piensas...
...dar la vida sería dar poco para lo que él se merece.

martes, 29 de enero de 2013

A las catorce y veinticinco.

Despertó tras dormir unas cuantas horas. Ya era por la mañana y el Sol ya estaba en lo más alto del cielo. Miró el reloj: las diez. Sus ojos marrones estaban asimilando la luz que poco a poco entraba por la ventana.. Se desperezó y comprobó que él no estaba a su lado en la cama. Se mostró extrañado, pues siempre se levantaba antes. En ese momento sonrió; sabía lo mucho que le gustaba dormir. ¿A dónde habría ido tan temprano?

No tardó en sacar algo de ropa limpia del armario y colocarla en una percha del baño. Entró a la ducha con él en la mente, preguntándose que urgencia podría haberle ocasionado levantarse a tal hora de la mañana. No era propio de él, definitivamente. Salió de la ducha y, mientras sus pies cubrían el mojado suelo del baño, miró al espejo y sonrió. Su sonrisa no se podía comparar con nada, porque sencillamente era única. Y no por el simple hecho de su brillo, sino por el hecho de que nunca paraba de mostrarla, ya fuera en las situaciones más incómodas de la vida o en las más graciosas. No dejaba de sonreír, porque para él, era una metáfora de seguir siendo feliz en todo momento. 

Pasó la mañana de aquí para allá, limpiando y ordenando un poco la casa y comprobando que todo estaba bien. También dedicó una parte de aquella maravillosa y soleada mañana a estudiar unos apuntes de medicina que había dejado abandonados la noche de antes, cuando cayó en brazos del sueño sin darse cuenta. Tuvo la mente ocupada en fórmulas e imágenes del cuerpo humano hasta que el timbre de su casa sonó. Antes de abrir pasó por aquella estantería que tantos libros contenía. Sonrió de nuevo al ver su foto en el estante superior. Allí estaban los dos, inmortalizados para toda la vida en forma de fotografía. Miró la hora: eran las catorce y veinticinco de la tarde.

Al abrir la puerta, todos sus sentidos se bloquearon. Era él. Pero no venía solo. Alguien le acompañaba. Esta vez no era la policía con motivo de algún escándalo en alguna noche de fiesta desfasada. Tampoco era la típica vecina que pedía sal. Observó que él llevaba entre sus brazos un bebé; una niña. La pequeña clavó sus ojos grises en las de él, que se apoyó en la puerta para no caerse. No sabía que decir, estaba conmocionado. Los apuntes de medicina se convirtieron de pronto en felicidad instantánea  desplegando una sonrisa de sus labios que solo podía descifrarse como amor. 

- Saluda a tu padre, Eva. Es el protagonista de una gran historia.- dijo él, meciendo a la niña en brazos, enviándole miradas de ternura y cariño, mientras besaba al sorprendido, que a duras penas debido a la emoción y a la felicidad que sentía, pudo susurrar un 'te amo' entre lágrimas.

domingo, 2 de diciembre de 2012

El joven Narciso

Hace tiempo escribí una versión del mito heleno de Narciso y Ameinias, y hoy os la traigo para que la podáis leer. Ameinias, locamente enamorado de Narciso, se suicida al descubrir que su amor no es correspondido. Mientras muere, la diosa de la venganza promete hacerle conocer a Narciso el dolor del amor no correspondido. Narciso sufrirá las consecuencias enamorándose de la única persona que él nunca tendrá: él mismo.

EL JOVEN NARCISO
Escrito por Miguel Lucena


Cuentan las leyendas pueblerinas que no hay más condena eterna que vivir enamorado de alguien que con certeza se sabe que no va a ser correspondido. El amor a veces puede ser una explosión de sensaciones nuevas, aunque otras veces puede ser la mayor de nuestras perdiciones. Algo parecido les ocurrió a nuestros dos protagonistas: Ameinias y Narciso. La amistad puede ser peligrosa cuando se trata de un futuro acercamiento a sentimientos más profundos. Parece ser que dicho proverbio no fue aceptado muy bien por Ameinias, un joven griego que disfrutaba yéndose de caza con su amigo Narciso a los bosques más profundos y misteriosos de su tierra. Éste, siempre gentil y generoso, hablaba animadamente con su compañero de aventuras cuando de pronto, vieron a un ciervo correr como un relámpago entre la hierba. Ameinias se lanzó a cazarlo con su poderoso arco, pero su amigo le paró cuando estaba a punto de disparar la flecha.
- Es sólo una cría, Ameinias. Déjala vivir.
El espíritu noble de su amigo y sus ojos azules que reclamaban clemencia fue lo que hizo que el joven arquero se enamorara de él. Narciso y Ameinias pasaban muchas horas en el bosque. Su afición favorita era discutir de ética con los faunos, que sonrientes, les dedicaban siempre una agradable conversación. Otras veces, las hadas eran las que les pedían ayuda para reunir magia a través de la corteza de los árboles. Donde hubiera un pájaro herido o un espíritu del bosque enfadado, allí estaban Ameinias y Narciso para calmar el ambiente y asegurar que todo estaba bien.

Un día, Ameinias sintió que un aviso en su corazón le impulsaba a contarle la verdad a su amigo sobre sus sentimientos. Entonces, el joven cazador llevó a Narciso a lo más profundo del bosque, cerca de un manantial de claras aguas. Narciso, extrañado por la decisión de su amigo de ir a ese sitio, le pidió explicaciones amablemente.
- Sólo hay una razón por la cual estás aquí, Narciso.- empezó a decir Ameinias con el corazón en la mano y rezando a los dioses para que todo saliera bien.- Nos conocemos de mucho tiempo y cada día nos hemos forjado como amigos hasta tal punto que nos hemos convertido en hermanos. Quería confesarte el secreto que he guardado dentro de mí desde hace mucho. Y espero que ese secreto no rompa nuestra cadena fraternal nunca.
Ameinias cogió las manos de su compañero y respiró hondo, contemplando su reflejo en el lago. Acto seguido, miró a Narciso directamente a los ojos y le besó. Narciso se quedó petrificado, temblando al mismo tiempo que soltaba las manos del joven arquero.
- ¿Qué…acabas de hacer…?
- Mi secreto es el secreto del amor, el amor que siento por ti y que tanto he temido confesarte hasta el día de hoy.
Narciso quedó mudo al oír esas palabras de la boca de su amigo. Con una mueca de rechazo, huyó a toda prisa hacia la salida del bosque, asustado. Ameinias, que no podía creer lo que estaba pasando, se arrodilló frente al lago y contempló su rostro en el agua. Alguien estaba llorando dentro del manantial. Era él. La soledad que sentía al no estar su compañero le hundió todavía más. ¿Con quién descubriría la magia en la corteza de los árboles para las hadas a partir de ahora? ¿Quién conversaría con los faunos sobre ética? Ameinias, que parecía enloquecer por lo que había hecho, se dirigió hacia la salida del bosque, destrozado y acompañado por un cortejo de lágrimas que parecían no tener fin.

Pasaron los días y Narciso no volvió a ver al joven cazador. Éste se pasaba todo el tiempo en su casa, destrozado. Ya no tenía ganas de salir a cazar o pasear por el bosque. No sin Narciso. Muchas veces intentó ir a su casa para tener noticias de él, pero la puerta nunca se abría si era Ameinias el que llamaba. Una noche, ensimismado en su propia locura y desesperación, Ameinias cogió un puñal de la mesa de su cocina y se dirigió a la casa de su amado, con los ojos llenos de lágrimas y la mano sangrando de tanto apretar el mango del cuchillo. Tenía una rabia contenida en el cuerpo que no sabía de qué manera la podía hacer explotar. Las velas de la casa de Narciso estaban apagadas. Parecía que no había nadie en ella. Ameinias dio unas vueltas alrededor del edificio, esperando a que alguien viniese. Estaba loco por saber algo de Narciso, aunque fuese un segundo de su vida después de lo que pasó. Ameinias miró el puñal. Sabía perfectamente lo que hacer con él.
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No había número de lágrimas para describir el llanto de Ameinias por el rechazo de Narciso. Cuando el puñal estaba a punto de rozar el pecho del joven, la diosa apareció en forma de luz.
- Quieto, Ameinias.
Ameinias se vio sorprendido por la cegadora luz que tenía voz de mujer. Era la diosa Némesis, la diosa de la venganza, que había hecho acto de presencia sobre el tejado de la casa de Narciso.
- ¡Alabados sean todos los dioses! ¡Alabada sea la diosa Némesis!
- ¿Qué te araña la conciencia, joven cazador?
- Alguien que vive a escasos centímetros de aquí pertenece a mi corazón. Pero él no quiere saber nada de mí. Y quiero acabar con este sufrimiento mediante mi propia muerte.
- ¡No seas cobarde, Ameinias! ¡Y afronta el olvido como un hombre!
- No hay tiempo para afrontar nada. ¿Acaso puedes hacer que me ame?
- No puedo hacer que tu amado te ame. Ni tampoco puedo hacer que tú le olvides. Pero puedo hacer que sienta el mismo daño que tú estás sintiendo por no ser correspondido.
- Eso me consuela. Aunque sigo pensando que ya no valgo nada si no tengo sus palabras.
Ameinias levantó el puñal y envuelto en lágrimas se lo clavó en el corazón. La luz se oscureció y se volvió más negra.
- El amor duele mucho más que esta herida de puñal…- dijo Ameinias. Cayó al suelo inerte, con sus ojos clavados en la casa de Narciso. La luz del tejado desapareció tras un estallido.

Liríope, la madre de Narciso, encontró el cadáver del joven Ameinias unas horas más tarde. Cuando Narciso se enteró de la muerte de su amigo ardió en locura y se dirigió al bosque. Mientras sus lágrimas brotaban de sus ojos, observó que los faunos y las hadas lo evitaban, escondiéndose en los huecos de los árboles y entre los arbustos. La noche parecía llegar a su fin y los pájaros que cantaban para anunciar la mañana no hicieron acto de presencia. La vida en el bosque estaba paralizada. Parecía como si el tiempo se hubiera parado. Todo estaba más oscuro de lo normal y el silencio protagonizaba una de las estampas más tristes de las profundidades de aquel paisaje. Narciso corrió y corrió hasta llegar al manantial donde Ameinias le había confesado su amor. Recordó los momentos felices junto a su amigo y se arrepintió de la reacción que había tenido aquel día. Miró las claras aguas que brillaban con los primeros rayos de Sol y cayó de rodillas ante ellas con lágrimas en los ojos. De pronto, sintió una sensación rara, como si el lago le estuviese llamando. Observó que no podía moverse de allí y que sentía como si necesitase el agua de aquel manantial para vivir. Sintió un profundo deseo de tocar su reflejo, una sensación que no parecía tener fin; una sensación que le hizo pensar que sentía amor por primera vez. Pero amor por ese joven que se movía dentro del agua. Aquel joven le sonaba mucho, e incluso hacía muchos gestos como él. Desesperado por tocar a aquel muchacho que se parecía tanto a él, cayó al agua, ahogándose en el acto debido a la profundidad del lago. El silencio después de las salpicaduras del agua marcó la salida del Sol.

Hadas y faunos cuentan que varios días después del suceso brotó una flor a la que llamaron narciso. Esa flor adornó el lugar donde Ameinias y Narciso pasaron sus últimos momentos juntos, antes de que la vida de ambos cambiara para siempre. La diosa Némesis cumplió su misión: Narciso había saboreado el dolor del amor no correspondido. Pero no de una forma normal y corriente, sino de una forma en la que Narciso nunca conseguiría obtener aquel amor del que se había perdidamente enamorado, ya que como los faunos y las hadas pudieron comprobar, su único amor verdadero fue su propio reflejo en el agua. 

sábado, 20 de octubre de 2012

Las parejas homosexuales más famosas de la mitología griega

File:Jacques-Louis David Patrocle.jpg

Seguramente alguna vez habrás oído que en la Antigua Grecia la homosexualidad no era nada raro y que por supuesto, era común entre la gente. Los personajes de la época no consideraban el amor por el individuo del mismo sexo un acto impuro, ya que hasta los propios dioses lo practicaban. Era bastante usual la relación amorosa entre un hombre y un joven, lo que hoy podemos conocer como pederastia, ya que el ideal de belleza masculino perseguía los corazones de los más valientes guerreros. También las relaciones entre mujeres fueron comunes en la Antigua Grecia, como el claro ejemplo de Safo de Lesbos, poetisa clásica.

Los historiadores y escritores griegos han plasmado gran cantidad de mitos donde la homosexualidad masculina es el tema principal, teniendo a protagonistas a grandes héroes griegos con sus respectivos amantes. Los más famosos, a continuación.

Ganimedes, el pasional amor de Zeus
Parece ser que el dios de todos los dioses se cansó de tener relaciones con mujeres y, debido a su fogosa pasión, decidió probar con hombres. Siendo esta su idea bastante clara, se convirtió en águila y raptó al joven Ganimedes mientras pastaba, siendo éste el adolescente más bello que había sobre la faz de la Tierra. Desde entonces, Zeus tuvo relaciones sexuales con él y éste se convirtió, además de su amante, en inmortal y copero de los dioses. Se le recuerda mediante la constelación de Acuario. Hoy en día, Ganimedes es uno de los satélites del planeta Júpiter.


Jacinto y las lágrimas de Apolo
Cuenta la leyenda que Apolo y el joven Jacinto eran amantes, y un día, jugando a lanzarse el disco, Apolo quiso impresionar al chico lanzando el disco más fuerte. Jacinto, a su vez, también quiso impresionar al dios e intentó cogerlo a pesar de la velocidad del disco. Sin embargo, Céfiro, celoso de Apolo y perdidamente enamorado de su amante, hizo desviar el disco de forma que fue a parar a la cabeza de Jacinto, que lo golpeó y cayó muerto. Apolo, destrozado por la muerte del amor de su vida, no permitió que Hades se llevase al muchacho y, hundido de tristeza, convirtió al chico en una flor, el jacinto. Las lágrimas del dios se vertieron sobre los pétalos de la hermosa flor, convirtiéndola en un símbolo de luto. Como castigo, Apolo convirtió a Céfiro en viento para que no hiriera a nadie más y en venganza por la muerte del que fue su amante.


Yolao, el más fiel amante del héroe Hércules
Algunas versiones cuentan que Yolao y Hércules eran tío y sobrino, pero la más extendida es que eran amantes. Según la leyenda, en uno de los doce trabajos de Hércules en el que éste debía matar a la Hidra de Lerna, Yolao ayudó al héroe a quemar las cabezas de la Hidra mientras éste las cortaba. 


El amor eterno de Aquiles y Patroclo.
Muchos mitos cuentan que Patroclo era un joven valiente, héroe de la Guerra de Troya, narrada en la Ilíada. Admiraba profundamente a Aquiles, con el cual tenía una profunda relación de amistad, aunque algunos historiadores afirman que podrían haber tenido algo más. Cuando Aquiles regresó a su tienda en la Guerra de Troya, enfadado por discutir con Agamenón, se negó a seguir luchando en la guerra contra los troyanos. Patroclo cogió sus armaduras y se lanzó a la lucha. Héctor, el príncipe troyano, le dio muerte sin saber que era el amante de Aquiles, pues pensaba que era éste. Muerto de dolor, Aquiles asesinó a Héctor en venganza por la muerte de Patroclo.

lunes, 16 de abril de 2012

La conocí una noche en el karaoke...

La conocí una noche en el karaoke. Vestía tan bella, tan peculiar. Me acerqué a ella con el vaso de ron en la mano y la besé en la mejilla. Después le susurré al oído que si quería cantar una canción conmigo. Con una pequeña sonrisa me dijo que sí. Me ruboricé y le di a mi fiel amigo la copa de ron. Estaba dispuesto a bordar la noche con aquella chica que apenas subía el escalón del escenario. Nos disponíamos a cantar una canción que a mí me encantaba. Parecía que a ella le volvía loca ese tema. Mientras empezaba la canción, me fijé en su pícara belleza. Tenía los ojos pintados de negro de una forma tan especial que casi se me cae el micrófono. Me quería perder en esos labios rojos y en ese pelo largo y liso con flequillo discreto. Vestía una falda marrón, camiseta negra y medias. Lo que más me gustaba de su vestimenta eran sus complementos. Un collar con perlas menudas y brillantes adornaban su cuello aquella noche. Los focos nos alumbraron como a dos estrellas. Era una noche para pasarlo bien, beber y olvidar. Los amores pasados no importaban. Ni siquiera me importaba el como iba a llegar aquella noche a mi casa, cuando el Sol rayara las primeras nubes del horizonte. Sólo tenía dos cosas en aquella velada: Ella y el micrófono para hacerla brillar. La letra pasaba rápida y ella me miraba en el estribillo siempre. Nunca antes había sentido tantas ganas de sentirme libre, de olvidar todo lo que se pueda olvidar. Le guiñé un ojo y seguía cantando. Por un momento la cogí de la mano y subí un poco el tono de mi voz. Su potencial voz cubría todas mis penas aquella noche. Era como si un ángel hubiese bajado desde el cielo y me hubiera alumbrado con su varita mágica. Esa noche era la reina. Y yo su rey. Esa noche éramos dos estrellas, que buscaban brillar y enamorarse en el gigante cielo estelar de la vida.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Tú eras mi June y yo tu Johnny Cash


Estoy frente a la pantalla del ordenador, minutos antes de irme a la cama. Mañana será un día largo, puesto que no me hacen mucha gracia las asignaturas que tengo en las primeras horas. Además, levantarme temprano no es lo mío. Odio tener ojeras y odio saborear el aliento madrugador de las 7, que es cuando suena el despertador. 

Hoy he estado pensando en nosotros. En la diferencia entre el 'tu' y el 'yo'. Aunque quiera olvidarte, no lo voy a poder hacer. Podré enamorarme, sentir de nuevo o como quieras llamarlo. Pero nunca podré borrarte de mi memoria. Aunque sólo te tenga como una falsa esperanza echada a perder. Fue demasiado tiempo juntos, creyendo en una tontería que acabo en un triste final, pero que retomó el camino y llegó a ser final medio-feliz. Hay cosas que ni siquiera nosotros entendemos. Hay miles de preguntas que nos hacemos cada día, buscando sus respuestas y preguntándonos por qué fue así. Pero nosotros no tenemos esas respuestas. El tiempo se las llevó a la tumba del pasado. Y sólo se puede acceder a ellas mediante el recuerdo. 

Cada vez que escucho esa canción, me imagino contigo en un escenario, bailando al ritmo del country de Johnny Cash. Como si fuéramos él y June, sumergidos en un sueño del que no quisiéramos despertar jamás. Parecía tan bonito todo cuando nos reíamos y nos veíamos. Parecía tan real, aunque estuviésemos tan lejos. Tan lejos...y a la vez tan cerca. Aunque le diste un giro a todo y lo echaste todo a perder. Porque realmente quién sufría era yo, y eso tú no lo sabías. 

A veces me pongo a pensar y me llamo 'tonto' a mí mismo mil veces. Tonto por creer que esto tiene esperanzas. La esperanza es lo último que se pierde siempre. Yo ya lo he perdido todo. Supongo que nuestra mente no está preparada para eso. No está preparada para sentir. De eso se encarga ya el corazón...Aunque el silencio a veces es la mejor forma de sentir, y aunque no lo creas, ese era mi único tesoro. Echar de menos es normal, e incluso común. Ni te imaginas lo que he llegado a hacer por ti, pero a ti eso te daba igual, porque fuiste la que se escapó.

viernes, 13 de mayo de 2011

Miedo al obstáculo


Lo queríamos todo. Era demasiado bonito para ser real. Nos encontrábamos en la calle, bajo la lluvia. Daba igual si la gente nos miraba hacer el tonto. Nosotros solo estábamos soñando, compartiendo la alegría que podían compartir dos enamorados en ese momento. Nos queríamos demasiado. Ya decía yo que todo iba demasiado bien. Te amé con fuerzas y tu a mí. Nuestros secretos quedaban a salvo bajo el baúl de nuestros corazones. La llave la tiramos al mar porque realmente no iba a hacer falta. Nos besamos, nos tocamos. Sentíamos un profundo amor, un sueño hecho realidad. Pero la realidad no era esa. Era, como antes nombrado, un sueño. Cuando ya me dolía el corazón de quererte y nuestros cuerpos se iban a entregar mutuamente, una simple tontería diaria me despertó de mi sueño, de mi dulce y deseado sueño. Ahora me veo entre las horas, que pasan lentamente a través de mi triste mente. Veo pasar el tiempo, recordando aquel sueño que me hizo feliz por segundos. Veo pasar la vida ante mis ojos, recordando aquella reliquia de la imaginación involuntaria. Veo los coches pasar por la ventana de mi habitación, las nubes negras de melancolía y el cielo llorando con fuerza. Los sueños, sueños son. La esperanza no come de ellos.

- Aprovecha el amor antes que de que un obstáculo, amigo del destino, te lo quite -

martes, 15 de febrero de 2011

Pétalos de Rosa, el tercer poema de 'El secreto del poeta'




Fuera la tristeza,
fuera la amargura.
Solo tu y yo,
en esta senda de locura.

Paraíso de flores,
pradera de emoción,
arco iris de colores,
dentro de mi corazón.

¡El amor ya me ha llegado!
¡Ya no pienso en otra cosa!
Que no sea coronarte en la Luna
con brillantes pétalos de rosa.

¡Fuera el sufrimiento!
¡Fuera el rencor!
¡Vuelvo a ser feliz,
lleno de valor!

¡Se acabó el tormento!
Se abre mi camino.
Ya se alejó la desgracia,
ya se fue por donde vino.

¡El amor ya me ha llegado!
¡Ya no pienso en otra cosa!
Que no sea coronarte en la Luna
con brillantes pétalos de rosa.

viernes, 4 de febrero de 2011

El secreto del poeta. Recuérdame.


Recuerdo la última vez, que yo te vi
Mostrabas el gran orgullo que sentias por mi
Pero lo rechacé
y me aleje de ti.


Mi lamento es eterno
Mi corazón no puede más
Ahora es el momento,
Me tienes que perdonar
Te siento aquí muy dentro
A punto de estallar
La rabia llevo dentro
de no poder cambiar.


Los momentos
junto a ti
que fueron breves
¿Por que no senti
realmente lo que sientes?
Yo te herí.


Ahora que ya no estás, me siento muy mal
La voz se me vuelve muda
Y no puedo hablar
Perdón por mentir, por ser así.

Se que tu me hablaras
Y yo me arrepentire
Solo quiero un adios
Te mereces uno bien
Quiero otra oportunidad
pero yo no hice bien
en herirte, en fallarte
no yo no lo hice bien.


Los momentos
junto a ti
que fueron breves
¿Por que no senti
realmente lo que sientes?
Yo te herí.

martes, 25 de enero de 2011

El pequeño Secreto del Poeta. Te esperaré



Dime dime cuando,
cuando volverás.
Que se me parte el alma,
de tan solo pensar,
que cuando caiga la última hoja
de otoño,
no regresarás.


No dejes que sufra más.
¡Líbrame de este dolor!
Alúmbrame con tu llegada,
alúmbrame con tu calor,
con tu brillante mirada,
con tu boca de esplendor.


Sin ti no tengo luz.
Sin ti no tengo cielo.
Solo las noche oscura,
solo las tinieblas y el miedo.
Solo un leve grito,
que se esconde entre el viento.


Tan triste la despedida,
tan fría tu mirada,
¡tan difícil de creer,
que lo nuestro no fue nada!
Tan largo el sufrimiento,
en esta historia inacabada.


Paso las noches en vela,
pensando si volverás.
¡Espero oír ansioso,
que merezco otra oportunidad!
Que todo esto fue una pesadilla,
que todo esto no fue verdad.


¡Voy a enloquecer,
si no te tengo a mi lado!
Esto es lo que me espera,
mientras esté enamorado.
Con puñales en el pecho,
 y el corazón desmoronado.